Crónica de una historia que aún duele

 Crónicas de un pasado marcado

Esa mañana nos levantamos temprano. Veníamos de diferentes departamentos, con historias distintas, pero con un mismo propósito: aprender de nuestra historia. Algunos llegaron en bus, atravesando carreteras de montaña; otros en avión, sobrevolando valles y cordilleras. Y sin embargo, al reunirnos, todo concordó, como si el camino recorrido por separado nos hubiera preparado para encontrarnos en el mismo lugar.



El viaje comenzó con un silencio extraño, de esos que no incomodan pero sí anuncian que algo importante está por suceder. Nos reunimos en círculo, en medio de una cancha de tierra rodeada por montañas verdes. Al centro, un perro pequeño caminaba despreocupado, ajeno al peso simbólico del momento. Nosotros, en cambio, cargábamos un silencio distinto. Algunos miraban al suelo, otros sostenían la mirada con timidez. Y al frente, un joven gobernador del cabildo Nasa Kwes’x Kiwe con sombrero tradicional nos recordaba que ese territorio no solo era paisaje: era memoria.



A medida que avanzamos, el camino nos fue adentrando en el campo, entre potreros, cultivos y árboles frondosos que parecían guardar secretos entre sus hojas. Testigos silenciosos de lo ocurrido allí. Bajo uno de ellos, nos detuvimos. Nadie habló por unos segundos. El viento entre las ramas parecía respirar más fuerte. Fue entonces cuando comprendimos que ese lugar no era solo un espacio físico, sino un archivo vivo de historias que aún duelen.



En el camino encontramos piedras marcadas con nombres. Una de ellas decía "Abel Quiroz". No sabíamos quién había sido, pero en ese instante dejó de ser un desconocido. Su nombre, enmarcado sobre una roca, era una forma de resistencia contra el olvido. Más adelante, otra inscripción nos golpeó con más fuerza:

"En memoria de nuestras víctimas, aunque sus cuerpos estén muertos en nuestra memoria siguen vivos".


una dedicatoria a las víctimas, recordando que aunque sus cuerpos ya no estén, siguen vivos en la memoria colectiva. Nadie necesitó explicaciones. La frase lo decía todo.

Nos sentamos en el suelo, entre hojas secas y piedras cubiertas de musgo. Allí, en círculo nuevamente, escuchamos relatos. Historias de ausencia, de lucha, de resiliencia. Algunos tomaban fotos, otros simplemente observaban. Había quienes no podían evitar emocionarse. En ese momento, el aprendizaje dejó de ser académico y se volvió profundamente humano.



Entre pausas, también hubo espacio para lo cotidiano: una risa tímida, un perro que se acercaba, alguien que compartía agua. Esos pequeños gestos recordaban que la vida sigue, incluso en lugares atravesados por el dolor.

Al final del día, el cielo nos regaló un atardecer intenso. El sol se escondía entre las montañas, pintando de naranja y violeta el horizonte. Desde un techo de zinc, en medio de ese paisaje rural de fincas y veredas, observamos cómo la luz se desvanecía lentamente, como si el día también necesitara descansar después de tanto.



Al volver, algo había cambiado en nosotros. No fueron las respuestas las que nos transformaron, sino los nombres que ahora conocíamos, las historias que ya no eran ajenas, el peso de un lugar que se negó a dejarnos indiferentes. Cada uno cargó consigo un pedazo de esa historia. Y al final no importó cómo habíamos llegado, sino que todos entendimos lo mismo al final del camino.

“Entendimos que recordar también es una forma de resistencia”.



Comentarios

  1. Muy buen trabajo, como siempre. Lo felicito! Una muy bonita crónica contada al detalle. Bien hecho.

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